Erik es un niño que nace en el seno de una familia de Rouen. La primera vez que se asomaron a su cuna para verle bien, no se podían imaginar que Erik se convertiría en un gran arquitecto, un ilusionista, el mejor ventrílocuo de la historia y el músico con la mejor voz que se ha escuchado en la Ópera de París.
Pero como he dicho, sus padres nunca lo sabrán, pues siendo apenas un niño, el pobre Erik se vio obligado a dejar a su familia y a huir de su hogar, y, ¿por qué? Por que era horriblemente feo. Su piel, amarillenta y seca, sus manos, heladas y huesudas, junto a su rostro, cadavérico, de ojos hundidos y, lo pero de todo, un agujero en lugar de nariz, le hacía parecer un muerto sacado de su tumba mucho tiempo después de haber fallecido.
A pesar de todo, Erik no se arrugó, y empezó a ganarse un dinero exhibiéndose en ferias bajo el nombre de «El muerto viviente». Así, recorriendo Europa de feria en feria, se hizo con una fama cercana al mito, y pudo recibir la educación de mago-artista que tantas beneficios le reportaría en el futuro.
Durante un tiempo se mantuvo en el anonimato, sin duda empezando a maquinar la venganza contra un mundo que le rechazaba por como era, hasta que volvió a actuar en las ferias de ciudades nórdicas. Ya era un adulto y cantaba como nadie ha cantada jamás, y hacia las delicias de niños y adultos con sus dotes de ventriloquia. Sus números eran espectaculares, y en las caravanas no se dejaba de hablar de Erik y de sus artes, llegando sus historias al los oídos del Sha-en-shah de Mazenderan, que le acogió en su palacio para que fuese el bufón de la pequeña sultana. Erik aceptó, pero pronto se dieron cuenta que las habilidades del payaso deforme podían ir más allá, así que comenzó a trabajar para el daroga, comandante general de la policía de Persia. Valiéndose de sus habilidades, Erik comenzó a mostrar su peor cara (no hay doble sentido). Sus aptitudes para la guerra, para matar y torturar eran equiparables a sus aptitudes para la música, el arte y el espectáculo, pues la infancia que le regaló su rostro le había hecho olvidar las diferencias entre el bien y el mal.
Su amistad con el Sha-en-sha iba en aumento día por día, y éste, consciente de las maravillas que Erik podía realizar, le pidió que le construyera un nuevo palacio que no su pudiera comparar con ninguno construido antes. Erik concebía la arquitectura como lo haría un mago, y construyó el palacio como si fuera la caja de un ilusionista, lleno de trampillas, pasajes y habitaciones secretas, pero también laberintos y la sala de tortura más horrible que se había concebido, la Sala de los Suplicios. El Sha, al ver las maravillas de su palacio, quiso matar a Erik para que no pudiese repetir una proeza semejante, pero éste logró escapar gracias a la ayuda del daroga. El daroga fue desterrado a París y Erik volvía a viajar, esta vez que con más odio, si cabe, en su corazón.
En poco tiempo, Erik encontró trabajo bajo las órdenes del sultán de Constantinopla, pero pronto tuvo que abandonar Turquía por los mismos motivos que le hicieron huir de Persia. Llegado a este punto, Erik ya estaba cansado de la vida que había llevado, así que decidió ser uno más, y se fue a trabajar a París como albañil, participando en la construcción del Palacio de la Ópera. Cuando vio los terrenos subterráneos que había allí, incluyendo un lago, decidió fijar a allí su morada, construyéndose con sus propias manos una mansión donde se dedicaría a hacer música y a seguir fabricando extraños ingenios que le protegieran. Fue entonces cuando comenzaron a surgir entre los trabajadores de la Ópera la leyenda de «El Fantasma de la Ópera».
Esta es la historia de Erik, un hombre que se hizo a sí mismo a pesar de causar la repulsión de sus semejantes por lo horrible de sus formas. Gaston Leroux, el periodista que hizo famosa la historia del Fantasma de la Ópera en la novela homónima, asegura que la existencia del pobre diablo es cierta, que él vio su esqueleto de rostro deforme cuando fue desenterrado de los subsuelos de la Ópera.
¿Quién sabe...?
The Show Must Go On...